Será la obsesión de encontrar ese alguien que me comprenda, con quien compartir el cariño y el amor que Dios me ha dado. Será el miedo a quedarme solo o la inestabilidad que resta de mi última relación. Sea lo que sea, en ocasiones lo siento como un sinvivir.
La búsqueda de miradas furtivas en el autobús, un millar de bellezas menores que un segundo, evidentemente no lleva a ninguna parte. Por otro lado algún que otro "capricho", por no llamarlo flechazo, que me centra el la búsqueda de una sola bondad (léase alma) en lo hondo de mil pares de ojos diferentes.
Las noches que mejor paso son aquellas en que no tengo nostalgia, precisamente porque recupero la sensibilidad de antaño, consigo una vez más sentrime niño, abrazar mi almohada al sentirme solo y caer poco a poco en un sueño plácido.
Mi madre me acaba de dar un puñito de sellos; ha estado haciendo limpieza y ha encontrado guardados en algún recóndito escondite un manojo trozos de sobre con sus sellos aún pegados. Un puñito que tomó mi mano de niño hace muchos años y ahora han salido para despertar mi yo niño que ya de por sí está bastante activo.
Emocionado voy a buscar aventuras en la aterciopelada noche de este sábado. Feliz Epifanía.
Sí, ya es año nuevo, llevamos unos días y voy cogiendo ritmo. Reflexiono, uso mi experiencia, y estoy convencido de que el tópico que reza "año nuevo, vida nueva" no es cierto. Me siento aquí de nuevo en el principio de un año y con todo por delante... otra vez. Mucho mejor, que para algo voy desarrollándome, pero en el fondo enfrentándome a los problemas de siempre.
Año nuevo, propósitos renovados. Eso sí que lo siento inherente a mi alma, muy muy dentro de mí. No he hecho una lista de propósitos como me planteé, pero tengo muy claro que también soy atípico en eso. Nada de dietas, sólo comer bien de todo, nada de gimnasio, porque me parecen muy aburridos. Tengo la sensación de que llevo una vida insípida (como la de esta sociedad en la que estamos atrapados), debo por tanto coger al toro por los cuenos y vivir de verdad. Ayudar a los que me rodean, ser un buen hijo para aprender a ser un buen padre, trabajar bien y cultivar mis aficiones, hacer proyectos e inventar mil sueños más.
¿Qué más puedo pedir a los reyes magos? Lo sé, llego tarde, peroo ¡por favor sed comprensivos!
No me gusta mucho la redacción de este texto, pero a estas horas no tengo lucidez para arreglarlo y me lo ha recordado una canción que tenéis colgada aquí:
"No hay mal que por bien no venga", que decían nuestras abuelas, una experiencia puede resultar dolorosa, cara, frustrante, o cualquier otro adjetivo indeseable con que queramos describirla, pero siempre es una experiencia. Con las experiencias crecemos a pasos agigantados hacia una madurez intelectual con que luego vivimos, ganamos, cambiamos y nuevamente maduramos.
A pesar de todo, una experiencia, su parte negativa, deja siempre una huella en el alma del ser humano que la ha experimentado, herida más o menos profunda que le llevará un tiempo cerrar, y de la que surgirá una cicatriz y el fruto maduro de la experiencia adjunta que durarán toda su vida. Hablo de fruto como aspecto de la vida que esta experiencia ha mejorado, que nuestro intelecto puede aislar del resto de aspectos vitales para apreciar mejor el cambio, pero que debemos considerar englobado en una la unidad de la mente humana.
Yo personalmente les doy un valor brutal a las experiencias, pero no excesivo (eso espero). Llamo brutal a este valor porque por muy amarga que pueda resultar una experiencia, la sigo apreciando como tal. Una valoración excesiva, por contra, sería el hecho de ir buscando estas amargas experiencias de forma sistemática y continua, algo evidentemente patológico, cuando las experiencias llegan solas.
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