Un pequeño relato metafórico, espero que no se os haga muy pesado, va a cumplir ocho añitos el escrito.
[25-1-1999]
Esto eran dos pescadores que salían cada día a pescar. Salían con sendas barquichuelas cada uno por su lado y pescaban con pequeñas y humildes redes a la antigua usanza. Esto les dificultaba enormemente competir con aquellos enormes barcos congeladores con los que compartían aguas; engullían todo a su paso. Sin embargo, aquellos pequeños hombres tenían la ventaja de no haber perdido el verdadero espíritu del pescador; sabían por qué pescaban y hablaban con cada pez que capturaban.
Los dos pescadores lejos de ser rivales eran muy amigos, y si algún día se encontraban en medio del mar se saludaban, o incluso faenaban juntos repartiendo luego las capturas al final de la jornada.
Un buen día uno de ellos estaba remando buscando algún pez más antes de volver a su casa, cuando vio algo que surgió del agua y le miró de tal forma que le dejó anodadado. Era el pez más hermoso que el pescador había visto jamás. Empezó a intentar capturarlo en una actitud casi frenética. De pronto vio a su amigo unos metros más allá, y sorprendido observó cómo el pez fue dócilmente hasta la red de su compañero. Este lo subió a bordo y lo miró admirado. Le dio los buenos días a su colega y le preguntó que qué tal había estado pescando. El otro pescador le miró con cara de pocos amigos y le dijo que le devolviera aquel pez, porque él lo había visto primero y le pertenecía. Al otro también le había gustado, así que se negó. ¡Él lo había pescado! Así pues hizo ademán de alejar su barca, pero el pescador, celoso, atacó a su compañero con el remo y le tumbó. Cogió el pez, pero aún húmedo, se le escurrió y se alejó nadando hacia las profundidades del mar. Se quedaron ambos mirando pasmados al lugar donde el pez había desaparecido, discutiendo y echándose las culpas el uno al otro. De pronto, se dieron cuenta de la presencia de un barco enorme por donde debía de estar el pez, y allí lo vieron atrapado en la gigantesca red arrastrado hacia cubierta. ¡Qué desperdicio de pez!, pensaron los dos. Entonces se dieron la mano y se dijeron: "Hay muchos peces en el mar. Los que vengan a mi barca bienvenidos sean, los que no, quedarán libres en el mar para quein los quiera".